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PREGÓN 2016

PREGÓN DE SAN BENITO 2016

Mayordomos, Juan Leandro y Ana María.

 Fidela Carbajo, abril 2016  

 

 

 Pregón 2016: Fidela Carbajo

 

Contestación a la presentación: Gracias Felipe por tus palabras de elogio hacia mi persona.

Nacido de familia sencilla y cristiana, buen hijo, buen padre, buen marido, y,  mejor persona amante de su pueblo y de sus tradiciones, siempre afable y dispuesto a colaborar- Que San Benito os dé protección a ti y a toda tu familia.

              Buenas noches, señoras y señores, autoridades, Junta de Gobierno, Mayordomía, Hermandades, convecinos todos, cerreños y montesinos.

               Es para mí un privilegio estar aquí esta noche para pregonarles nuestra fiesta y devoción a San Benito. Y lo haré, más que dejando correr la pluma, dejando correr los recuerdos de cuarenta y siete años, lo que mi corazón ha sentido y vivido.

             Voy a contaros como conocí y nació en mí el sentimiento sambenitero: Pasé parte de mi infancia y juventud en el convento de las Hermanitas de la Cruz, ahí viví unos de los mejores años de mi vida,   de los que me siento orgullosa. Cuando llegaba el lunes de romería, toda la chiquillería andaba como loca, a ver quién nos dejaba un burrito para ir a esperar a los caballos. Cuando se conseguía, como era normal, se engalanaba el pollino como mejor se podía y así dar nuestras vueltas por el pueblo, para luego, marchar al Mesto

             Yo era una de ellas, y venia tan contenta, cantando nuestras coplas, y al pasar por el convento les decía ¡adiós! a las hermanas, sin pensar en las consecuencias. Al día siguiente, cuando, por la tarde, iba a salir de clases, mi querida hermana Lucía, me agarró por el brazo y me llevó al patio de abajo y me dijo:

– “¿A ti te parece bonito una mocita montada a horcajadas enseñando las piernas?”     Ingenua, le pregunté:

– ¿Y eso que es?

-¿Eso? Eso es ir con las piernas escanchadas como un macho y para que aprendas ¡Toma! Y me dio un escobajo, un recogedor de lata y unos zuecos de madera con tres puntos de apoyo.

Me quedé mirándola extrañada y me dice:

– “Andando, a barrer el gallinero”

-Pero hermana, mis amigas me están esperando.

-¡Qué esperen, qué esperen!

Abrí las puertas del gallinero, me coloque los zuecos y, enfadada, me puse a dar escobazos de un lado a otro intentando mantener el equilibrio para no caerme. Las gallinas corrían de un lado a otro, despavoridas, a la vez que mis labios decían en voz alta, lo que mi mente pensaba: “¡Por tu culpa San Benito, esto por tu culpa, Benito!”

               Ahí empezó el gusanillo de querer conocer como era aquello, lo que allí había, el Santo, la ermita, todo lo que se movía a su alrededor.

A los que conocía que habían ido, les pedía que me contaran y no se hizo muy larga la espera, la ocasión se presentó al año siguiente.  Se produjo, como por casualidad, la oportunidad de conocer y ver como se desenvolvía todo aquello. Gracias a un cerreño de adopción, pues como tal él mismo se sentía al estar casado con una cerreña, persona simpática, agradable y dicharachera, natural de La Palma del Condado. Agustín Cordero Ferrer, que así se llamaba, se encontraba sentado en su “dama” aparcada entre la puerta de don Francisco Pérez Vázquez y la, entonces, taberna de Juan Barbita. Tenía la puerta abierta para recoger a las personas que había llevado por la mañana para escuchar misa y ver la procesión. Al pasar me dijo:

-¿A dónde va esta chavalita?

 Encogiéndome de hombros, respondí:

-A dar una vuelta y a ver a las amigas.

– ¡Vente a San Benito!

-¿Y allí qué hay?

-Pues el Santo, la ermita, ¡Vente y lo verás!

-Pero, ¿Y si mi padre me pelea?

-No te preocupes, que no te va a decir nada.

  Sin pensármelo dos veces (cosas de la edad), me subí y me fui. Por el camino iba haciéndole preguntas, pero mis pensamientos no se alejaban del castigo que me esperaba.  Cuando llegamos me dijo:

-Anda, bájate, ve al Santo y mira todo lo que hay y te vienes ligera para la camioneta.

 Salí rápida y eché el primer vistazo, ¡Qué lejos quedaba El Cerro! Y yo que pensé venirme corriendo si se iba la “dama”. Entré por los portales y fui mirando los cuartos que había hasta llegar a la puerta grande, dentro de la ermita fui acercándome poco a poco, hasta llegar al Santo que estaba puesto en sus andas pequeñitas. Conforme iba avanzando, veía a un hombre alto con una túnica marrón, unos ojos color miel y una cara alegre que me miraba, abrí la boca de la impresión mientras, recuerdo, que una potente voz que exclamaba “¡Anda, ¿Es guapo el  Benito?!” Era mi propia voz.

  Al lado izquierdo, junto a la primera columna, sentado en una vieja silla de enea había un señor mayor que me miró y se echó a reír, aún, varios años después, le seguí viendo en el mismo sitio. De pronto, me acordé de “la dama” y salí rápida, atravesando el Patio de caballos, notando un agradable olorcillo a carne guisada. Salí al exterior, giré hacia la derecha y justo cuando iba por el tercer olivo, frente al gallinero, vi aparecer una figura que me era conocida, ¡Arza, mi padre! ¿Y ahora?

-¿Tu qué haces aquí? Me preguntó.

-Eso digo yo. Pues el señor Agustín me ha traído. Conteste.

– Con que el señor Agustín, eh, anda vamos. Llegamos a casa agarrados y cantando a San Benito. Desde entonces, sólo he faltado una vez. Gracias ¡Muchas gracias, señor Agustín!

                     Ya de joven, mi padre, conocía la romería pero al no estar viviendo aquí, no se había involucrado debido a su profesión. Rodamos por varias Comunidades hasta que, por fin, volvimos a El Cerro. Una vez establecidos hizo muy buenas amistades, entre ellas estaba don Joaquín Diez Asensi, “el Sastre”, para entendernos, un burgalés de Lerma, muy cerquita de los benedictinos, otro cerreño de adopción, por su casamiento con otra cerreña, y como tal, sintiendo gran fe y devoción por el Santo. Deseó, como uno más, llevar las bandas sobre su pecho.

                     Y fue esta persona amiga, anteriormente nombrada, la que alentó, un día en su casa, a mi padre para que, al igual que él, solicitara las bandas. Mi madre, regocijada, no se opuso, ya que a ella también le gustaba y aún hoy (el año pasado lució su traje de mayordoma) le sigue gustando. Por desgracia, este buen amigo no pudo ver logrado su empeño.

                       La familia tuvo el gozo de acoger las bandas en la mayordomía de 1971-72. Entonces la romería no tenía el auge que tiene hoy. Fuimos todos a una, el cariño y la amistad de todo el pueblo no se pueden olvidar. Hoy se sigue manteniendo, más allá del tiempo, aunque muchos ya no están entre nosotros.

                       Por entonces todas las actividades se llevaban a cabo en la propia casa de los Mayordomos, incluso el ensayo de los bailes, menos la danza, que se hacía en El Castillo, en las escuelas. Recuerdo a Manuel “tormenta”, el tamborilero, que sólo pudo tocar en los ensayos, con una paciencia infinita, tocaba una y otra vez hasta que nos cansaba. Y tuvimos una gran maestra que nos enseñó y contó muchas cosas, las cuales, al día de hoy, todavía perduran en mi mente.

                      Catalina “la Butrona”, muy apegada a todo lo que concernía a San Benito, pues de familia le venía e igual legado dejó a su descendencia. Se pasaba parte de los días en casa haciendo los dulces caseros, los sombreros (a lo que le ayudaban Tomasa y su madre), y como teníamos que llevar la ropa y los adornos, pero cuando había que vestirse le ayudaba, en esos menesteres Sacramento. De la confección y arreglo de la ropa se encargaba otra familia muy unida a nosotros, era Ana Vélez, costurera y señora ejemplar, menuda pero con un porte y una sencillez entrañable. Catalina nos enseñaba los bailes, nos daba consejos y algunas cosas que no se me olvidan, aunque de vez en cuando, también, me daba algún coscorrón.

                                  Por aquella época costaba trabajo que te prestaran las cosas, pues tenían gran valor sentimental y temían que se perdieran o estropeasen.

                                Cuando llegaba la fecha se cogía el cesto grande de mimbre y, con las amigas, salías a repartir el bollo deseando terminar para ver cuántas propinas nos habían dado. Hoy es más fácil conseguir todo lo que se necesita y gracias a que pueda ser así.

                                Un buen día, un grupo de siete amigos se reunieron para formar una Peña, “La Familiar”, a la cual no le faltó ni la chocita, de junco, al lado, echa por Francisco García hijo de Catalina y componente de la Peña. Se vivieron años de unión y hermandad entre sus componentes. No había luz, pero, primero los focos y luego el petromant, dieron su rendimiento. Tampoco había agua corriente, pero era lo de menos. Se dormía en el suelo y cuando iba amaneciendo, algún rezagado asomaba la cabeza por la puerta de la habitación y preguntaba por dónde se podía acostar, a lo que Inés “la Butrona” le contestaba, ¡Aquí mismo! Soltándole un “rosario” de piropos a los cuales nos tenía acostumbrados. Las risas estallaban y algún crío rompía a llorar. Así, entre risas, nanas y denuestos, se pasaba la noche.

                             Por la mañana Francisco tocaba diana, cubo en mano y toalla al hombro en fila india y muertos de sueño, nos llevaba al pozo a lavarnos la cara. El domingo, después de ver la procesión, se escuchaba misa, se veían los bailes, llegaba la hora de comer y después, con el calorcillo primaveral entraba la modorra, me cogía la manta vieja, me escorrecía a “buena vista” y bajo una encina echaba una siestecilla a medias, escuchando los pajarillos y al perro ladrando.

                            Al caer la tarde, cuando aquello se quedaba tranquilo, subía de la Peña al Santuario y apoyada sobre la pared de los arcos, miraba alrededor ¡Qué tranquilidad! El campo, con algún que otro caballo pastando. El “casino viejo” con dos o tres personas tomando copas y en El Real, un jinete un tanto más alegre de lo normal, intentando sacarle el “paso español” al caballo. Esa imagen se asoma a mi memoria como si una brisa breve me diera en la cara a la vez que mece suavemente las ramas del desaparecido eucalipto.

                                ¡Qué sambenitos aquellos! ¡Qué lejos quedan! El viejo camino de herradura, con su lenidad           en algunos tramos debido al paso continuo de las bestias, se notaba la tierra blandita, suave al tacto de los pies descalzos que iban de promesa. La encina “rompetocas”. Todo va quedando en el libro del tiempo para rememorar algún día y contar a los que vienen detrás y no perder la historia, nuestra historia, de la que nos sentimos orgullosos y, como dicen las sevillanas; herencia de nuestros abuelos ¡Qué no se pierda! ¡Qué no se pierda, sambenitero!

                                  

                                           Sambenitos los de antes,

                                           Lo mismo que los de ahora,

                                           Que cuando llegas al Santo

                                           Igual el corazón te llora.

 

                           La decadencia de las minas y el campo, obligó a muchos cerreños a marcharse, a emigrar: tenían que buscar el trozo de pan diario para sus familias. Poco a poco fueron partiendo mayores y jóvenes, rumbo a lo desconocido, sin saber lo que allí les esperaba cogieron sus maletas de madera o de cartón y metiendo las pocas pertenencias que tenían, salieron de su tierra, mirando atrás, con el corazón encogido y lágrimas en los ojos, decían adiós a su pueblo, sus paisanos, sus costumbres, sus devociones y, sobre todo, a sus familiares, pero con la esperanza de volver algún día y algunos lo consiguieron, primero por vacaciones ¡Como recuerdo la plaza en esos momentos! Todos iban a recibir a sus familias, vecinos, amigos con grandes muestras de regocijo. Al principio con cuentagotas, uno, dos… un año llegaron hasta tres “damas” llenas de cerreños que venían a gozar de su pueblo. Asomados a las ventanillas se llamaban unos a otros ¡Qué alegría! El pueblo cobraba vida, los paseos de noche en la plaza o por la calle Nueva, la rutina diaria se transformó. La plaza antigua de abastos con sus puestos, como el de tela y ropa de “la Jarosa”. Había que levantarse temprano, pues los comestibles se agotaban antes. Hoy, en esta tarde triste y lluviosa, evoco mi juventud alegre y bonita ¡Cómo pasa el tiempo! Lo vivido queda ahí.

                                      La mayor parte de los emigrantes se fueron a Cataluña y, sintiendo añoranza de los suyos y de lo suyo, ansiosos de hablar de sus cosas, se reunían en un bar, cuyo dueño, sin ser de Andalucía, les proporcionó hasta el aguardiente para hacerles más agradables sus tertulias. Allí hablaban de todas nuestras festividades según se fuese acercando el día señalado, pero sobre todo, de lo que más se hablaba era de su Santo, su San Benito, conforme se iba acercando la fecha, empezaban a preparar su día grande y entre copa y copa se encendían las gargantas, el ambiente se volvía más alegre que de costumbre, los fandangos comenzaban a volar y de ahí nació lo que para ellos sería “su Romeria”, la de Cataluña, pero con cerreños, con nostalgia, pero con la misma fe y devoción que la de su tierra de origen.

                         Siendo muy joven, mi hermano se fue a aquellas tierras, allí pasó gran parte de su vida y formó su familia y sintió el deseo de vivir, aunque fuese de distinta manera, el gozo de notar “las bandas” sobre su pecho, y así fue como toda la familia y un grupo de amigos, nos marchamos para acompañarle y disfrutar con ellos de ese entrañable “Día”. Nos sentimos acogidos por todos los conocidos, que se alegraban de vernos allí. Intentamos por todos los medios cumplir con todos los actos, más reducidos, pero no por ello carentes de fe, de trabajo, de encanto… pasamos una jornada feliz e inolvidable ¡Por segunda vez vivía “las bandas” en la familia! Recordaba con cariño a los ausentes, pero así tenía que ser. Se reunieron andaluces de varias provincias, participando del disfrute igual que los demás, y mi madre llevó dulces y comidas típicas de aquí, con gran éxito entre los concurrentes.

                          A la vuelta, por la tarde, cuando todo había terminado, llegamos al sitio de partida. Cuando el autobús comenzó el viaje de vuelta, nos despedían amigos y familiares con la tristeza en sus caras y con voz emocionada decían, ¡Qué suerte tenéis! ¡Quién pudiera irse con vosotros a ese trocito de Andalucía! Mirando hacía atrás, veía como con una mano nos decían adiós y con la otra se limpiaban los ojos anegados en lágrimas.

                         ¡Se acumulan los recuerdos! A  las amigas de juventud también les llegó la hora de marchar con su familia. Pasaron los años y una de ellas, volvió para contraer nupcias con el joven al que, años atrás, pidió que la montase en el caballo para entrar con la “mayordomía”. San Benito les unió para siempre y dieron las gracias de la mejor manera: honrándole con “las bandas”. Así fue como vuelvo a tener la dicha de gozar de ellas, esta vez con el primo Pedro y Miguela. Por la relación que nos une, mis hijos participaron en todos los actos como “jamugueras” y “lanzaores”. Debido al trabajo, sólo podía asistir los fines de semana, vacaciones o fechas festivas; no podía colaborar en los trabajos que acarrea una mayordomía, hacia lo que buenamente podía, pues las abuelas, ya se sabe, estamos para otros menesteres. Fue un año de gran sentimiento, de familiaridad y unión, con alegría por lo que empieza y pena por lo que acaba, pero dejándote impresa una sensación y un recuerdo inolvidable, para toda la vida.

                               En la mente de todos está, no hace mucho, la imborrable ocasión y el regalo de ver pasear al propio San Benito por las calles de El Cerro después se su restauración. La Junta de Gobierno decidió que pasase unos días en su pueblo para disfrutar de Él, incluso las personas que, por diferentes circunstancias, no tenían la posibilidad de verlo en su ermita.

                                         “Has venido San Benito

                                           y después de tantos años

                                           he podido hablarte bajito

                                           para que sepas,  mi pena

                                           desde que no te acompaño”.

                                    Fue un camino de venida e ida precioso, niños y jóvenes se arrimaban con alegría para portarlo, querían notar en sus hombros el paso de su Santo, así, solo, sin almohadas para, al salir, mover el brazo en señal de cansancio o dolor, pero con brillo en los ojos ¡Ya tenían algo para contar algún día! Por primera vez, en los años que tengo, no había visto el pueblo engalanado de esa forma, daba gusto ver como cada cual, intentaba poner lo mejor, lo más bonito, ¡Qué placer pasearlo!, por las calles, por tu puerta, los mirabas y veías un brillo en sus ojos, una sonrisa especial en su cara. Al menos eso me parecía a mí y me preguntaba ¿Cuándo se volverá a repetir? Espero y deseo que algún día los niños de hoy, lo puedan conocer.

                                      Yo, caminaba a su lado en algunas calles siendo ya avanzada la hora. Veía algunos postigos que se entreabrían dejando ver una cara arrugada por el paso del tiempo, mas no importaba lo tarde que fuese, ni como sus ojos dejaran escapar unas lagrimillas de alegría, por volver a verlo después de tanto tiempo, y a la vez de tristeza cavilando que podría ser la última vez. En sus corazones un rezo, una plegaría, como buen sambenitero.

                                    A la vuelta a su casa, a su Santuario, fui al lado de Él, hablándole, dándole las gracias por habernos hecho a todos disfrutar de su presencia, y a la vez con el deseo de dejarlo allí, en su lugar, con su soledad y recogimiento, como acostumbran los monges, esperando que sus devotos vengan a visitarlo y a contarle sus penas y alegrías y, de paso, solicitarle sus favores.

                                    Tengo un recuerdo especial para mí, un pedacito de la tela que cubrió su cara la noche del traslado. ¡No se lo cuenten a nadie!

 

                                    Como es natural, los hijos van formando sus propias familias y abandonan los lazos paternos. Igual me ocurrió, con el tiempo dejé la “Peña Familiar” y con un grupo de familiares y amigos fundamos la nuestra. Se hizo con muchísimo sacrificio, pero la convivencia era buena, se reía y disfrutabas trabajando la ilusión te hacia colaborar con más ganas. Los fines de semana levantábamos a los críos, se cogía el canasto y al coche. Nos reuníamos todos en La Orden y salíamos para San Benito, los críos disfrutaban de lo lindo y cuando llegaba la hora de vuelta a casa deseando descansar.

                        Han pasado los años, los niños son hombres y mujeres con sus propias familias, va pasando el tiempo, no se tiene la energía y, a veces, ni las ganas, pero, como se suele decir, por San Benito lo que haga falta.

                           Se va acercando la fecha, comienzan los preparativos, limpiar casas, llevar ropas, hacer comidas, aparecen los nervios, se acabó la tranquilidad, que todo esté en su punto, los agobios de última hora. Llega el sábado, carreras por aquí, olvidos por allá ¡Ay Dios mío, que se va la gente! Se hace el camino, se cumple con todos los actos y el lunes ¡Ay el lunes! ¿Quién será el Mayordomo? Llega la misa cantada ¡Qué bonita! Pero ¡Qué calor! Ni los ventiladores dan abasto. Acaba ¡Uy, qué nervios! Y aquí el “maestro” (don Santiago) aprendió rápido el sistema de mantener el suspense, aunque el turrón se derrita y corra la lanza abajo. Por fin: “el nuevo Mayordomo”. Las avellanas, la vuelta al Santuario, las felicitaciones… en fin, a comer y a recoger que no te da tiempo, que se va la caballería ¡Qué caras de “cansaos”!, que poco o nada se canta. ¡Ea! Ya se acabó tanto trabajo para tan poco tiempo… pero ya pensando en volver.

                           En los años que llevo yendo, lo he hecho de varias formas: en “Dama”, andando y descalza sin hablar (por promesa), cuando llegamos al pozo, estaba Rafael, el ermitaño, trabajando en su huertecillo, nos saludó, nos sacó un cubo de agua fresca y nos lo ofreció, volvió a llenarlo y nos acompañó hasta arriba. Cuando salimos de ver al Santo, nos sentamos en los soportales sobre sus bancos de piedra de toda la vida. Antonia saco su jofaina llena de agua y sal para que metiese los pies y los refrescase. He ido en un mulo, a caballo, a lomos de un burro, en charret, tractor… la forma es lo de menos, lo que importa es llegar, ir a verlo y darle las gracias, las gracias por su amparo y guía, pues ya lo dice el cantar “¡San Benito es milagroso!” Pero como más me gusta es cuando no existen ruidos de voces, ni caballos haciendo sonar sus cascos, ni cantes y, solos, tranquilos, sentada frente a Él hablándole, a veces peleándolo, preguntándole ¿Por qué?, cantándole, pidiéndole amparo y ayuda, sin rezar (¿O eso es rezar?) y cuando salgo me paro en la puerta, un suspiro, estoy más relajada, me siento más feliz. Cuando pase el tiempo me dará las respuestas, tendré las respuestas a mis preguntas y a mis peleas, Él siempre responde, yo… tendré que volver a darle las gracias y pedirle perdón.

                            Un día no muy lejano mi hermano me dijo, quiero ser mayordomo y tienes que venir de jamuguera. A mi mente afloraron recuerdos de mis diecisiete años, entonces era joven, fuerte y ágil. Sin pretender que se enfadara le dije: “hermano, sino te importa, prefiero que vaya mi hija, yo hago más falta para otras cosas”. El tiempo pasa y no perdona, la edad lo dice todo, San Benito necesita gente nueva, jóvenes que sientan la necesidad de luchar por el legado cultural que les dejaron, por mantener viva la fe de sus mayores, por hacer que nos vayamos, los que les enseñaron a ser sambeniteros, orgullosos de lo cumplido.

                          Va pasando el año, tranquilo, feliz, haciendo todo lo habitual en una mayordomía. Ahora comienza lo más duro, la recta final, intentar cumplir con el pueblo, tener todo a punto, los detalles que te quitan el sueño, la mañana de Albricias, los primeros bailes ¡Qué nervios! ¡Ay, San Benito, que salga todo bien!

                          Es la cuarta vez que disfruto de “las bandas” en la familia, quiero desde aquí darles las gracias a mis hermanas, Loli y Ana, por haber hecho feliz a esta familia. De paso, quisiera hacer un pequeño homenaje a tantos hombres y mujeres que, sin ser de El Cerro,  han sabido llevar con dignidad, valentía y fe, una romería adelante, para que este pueblo pueda gozar de uno de sus tesoros más preciados. Para todos y cada uno de ellos mi gratitud. Nunca tendré palabras suficientes para dar las gracias a mi pueblo, mis paisanos, mis tradiciones, no existe mejor lugar.

                Y desde aquí pido a Dios que siempre haya un mayordomo para cumplir una promesa, que no falte un “cabestrero” para guiar la mula de una “jamuguera”, que no falle un “tamboril” para danzar en las fiestas para alegrarnos las penas y en cualquier lugar del mundo siempre haya un cerreño que el primer domingo de mayo, desde lo más hondo de su corazón, grite ¡Viva San Benito! ¡Viva El Cerro!

                            ¡Viva la romería!

                            Que por ser de “toa” la gente

                             también es un cacho mía.

                              El camino, ahora, es la tarea

                              que en oyéndose la gaita

                               ya sabe el Santo que llega

                               la comitiva de El Cerro, Montes

                               y los que de fuera quieran.

 

                                                   Fidela Carbajo

                                                            El Cerro de Andévalo, 2016

 

                    

 

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