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Crónica Romería 2013

Huele a primavera y se oyen, muy cerquita ya, sones de gaita. El Cerro está de fiesta. Tamborileros, jamugueras, silletines y lanzaores llegan a la casa de los mayordomos Pepe e Isabel. Es el jueves de lucimiento. Dentro de la casa, en el patio, esperan la mayordoma y sus hijas, y Pepe, el mayordomo, y San Benito.

Es hora de recorrer las calles de El Cerro para mostrar cuanto de excelencia atesora, este año, la familia que tiene la responsabilidad de celebrar la función de nuestro Patrón San Benito.

En el tiempo se irán sucediendo los actos que conforman la romería más peculiar de la provincia de Huelva. Singular, única y distinta en su concepción y puesta en escena, pues el entramado cívico-religioso es tan abigarrado, tan lleno de encanto poético, de sabores festivos, de fe en el Abad de Nursia -tan lejos y tan cerca, a un tiempo- que a nadie deja indiferente. (ver imágenes)

 

img 5457Si ya se tuvo la oportunidad de ver como se solapaban los actos litúrgicos del Domingo de Resurrección con la explosión de alegría desbordante del Aviso General, ahora todo está en función de San Benito, de su función religiosa, de la boda (de votus: votos patronales), que un día lejano ya oíamos a nuestros mayores. ¡Qué pena que el término se haya ido perdiendo!:
– Para cuando me venderás el caballo. Decía un campesino.
– Pa la boa. Así, con el apócope y la síncopa que hacen fácil el habla andaluza, contestaba su amigo.
    Los cerreños y visitantes llenan el espacio de “N.ª S.ª de Gracia”. El triduo, sencillo, breve, con liturgia propia de la fe. El pregón nació de los sentimientos de un muchacho sambenitero, como toda su familia, y el Coro de la Hermandad nos volvió a deleitar con su buen hacer.
    El sábado por la mañana las calles y plazas de El Cerro se llenan de prisas, de querencias por amigos, por el caballo… Allá, en el altozano del cabezo de la Horca, en la puerta de la Casa de Hermandad, desde muy temprano, cuatro amigos, como fieles acólitos de una vestidora sabia, persistente, incansable, tenaz, van revistiendo los aparejos y las jamugas de los mulos que han de llevar a las mujeres más bonitas que uno pueda imaginar. San Benito quiso que en el día grande de la romería uno de sus hermanos que se encargó del cuido de estos fuertes animales y fue cabrestero en muchas ocasiones le acompañe ya para siempre. Está ya con él. Seguro.
    El gentío llena la plaza y sus alrededores para ver pasar el cortejo. El cohetero va soltando al cielo sus cohetes. El tamborilero abre la marcha, pero ¡ay! de la brevedad: En tan sólo veintidós segundos toda la belleza incomparable de San Benito seguía calle Mesones abajo. Fue un abrir y cerrar de ojos. Se hace necesario volver a mirar, pero esta vez dentro. En el corazón feliz de cada jamuguera, de cada lanzaor y, sobre todo, en la satisfacción compartida de quien pasaba ostentando orgulloso las Bandas de San Benito: Saludaba a un lado y a otro, a todos, sonriente, brazo en alto. En el pensamiento de quienes nos quedamos, un deseo: ¡qué tengan un buen camino!
    El toque de la Salida ya no se oye. Pasan muchos caballos con sus preciosos pechopetrales, carricoches de la modernidad y potentes tractores tirando de enormes remolques. La llegada espera.
    Es difícil describir las sensaciones que se sienten cuando se ve cerquita la comitiva, casi entre dos luces. La suave pendiente hasta la ermita todos la suben con sonrisas dichosas, saludos alegres y vivas a San Benito. Todos deben sentir la culminación del anhelo de estar junto al Patrón.
    Tras un breve descanso vuelven los rezos quedos y contenidos en cada devoto en el rosario de la noche. El cuarto misterio se canta. Obvio. Es la mejor manera de rezar. Alzar la voz y proclamar la fe. Al término, el canto trinitario del Santo Dios, el Agios Theos, cuyas raíces se hunden en el Concilio de Nicea, en 325 d. d. C., y del cual Blas Infante tomó su música de los segadores alosneros para el himno de Andalucía.
    El domingo, muy temprano, la mayordoma recibe a los romeros con dulce especial, de cidra, y vino de pasas. ¡Cuántas delicadezas impregnan la fiesta de San Benito!
img 5498    Una misa primera recompone la penitencia, la intimidad. Pocos fieles, la ermita está fresquita, limpia. Se vive la Palabra y, al término, ya está la ermita llena de gentes.
En el Patio de Caballos se está sirviendo el caldo de San Benito, que aquí todo lleva este sagrado apellido: San Benito. Las imágenes llenan las cámaras de amigos y forasteros.
La procesión del Abad -nueva manifestación y profesión de fe sambenitera-, la Santa Misa -recogimiento que apacigua el Coro de la Hermandad que pasa de los cantes del Camino al Gloria sin sobresalto- y los bailes de San Benito -expresión popular de belleza, ritmo, compás, estética…- copan la mañana.
La tarde es tranquila. Muchos asistentes han de volver a sus ocupaciones y para quienes se quedan es hora de visitas a amigos nuevos, a familias de otros ya idos; es hora del recuerdo, de la añoranza; es hora de hablar, otra vez, de San Benito…
El rezo del Santo Rosario, de nuevo el Santo Dios y un momento solemne con una carga simbólica poderosísima: San Benito recibe las Bandas que ha portado el mayordomo para tenerlas sobre sí toda la noche. San Benito es ahora el mayordomo de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, sean de donde sean, que los pueblos comarcanos también acudían en procesión con cruz alzada cada vez que se celebraba su fiesta. Las Bandas reciben de San Benito toda la carga espiritual necesaria para que otra familia renueve el voto, la promesa, la boda… y será el lunes por la mañana, al acabar la celebración de la Santa Misa, cuando sepamos quiénes serán los afortunados.
Avellanas de alegría y regocijo y entrada triunfal en El Cerro con un ramo de flores, un ramo de amor… y todavía queda un miércoles de agradecimiento, un Miércoles del Dulce. ¿Se puede acabar mejor que con el ofrecimiento de dulce y vino en señal de gracias por todo cuanto de bueno hizo El Cerro para con los Mayordomos de San Benito?
Pero aún hay más, que todos quieren la continuidad futura y aquí están ellos, los más pequeños: Ella ensimismada en las joyas y en las ropas; él acariciando apenas con sus deditos la banda de lanzaor. Los dos tomando buena cuenta de cómo han de hacerlo mañana.

¡Viva San Benito!

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