Pregón 2015: D. Felipe García Pavón

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Pregón de la Romería del año 2015


¡Buenas Noches!


De todas las actividades relacionadas con San Benito y su romería en las que he tenido el honor de participar, y creo que son pocas las que ya me quedan, les puedo asegurar que los años en que fui Prioste de nuestra hermandad fueron los que dejaron en mí las huellas más fuertes y que jamás se podrán borrar de mi memoria.


Fueron cuatro mayordomías extraordinarias que nos trataron a mi familia y a mí de manera impagable, fueron cuatro mayordomías naturalmente distintas, en su fondo, en sus formas y en sus circunstancias y por ende, fueron cuatro romerías distintas, capaces de llenar, hasta rebosar, todas las expectativas que cualquier hermano de San Benito con la ilusión de ser Prioste pudiera tener.


Una mañana fría, que amaneció con niebla y después continuó con un aguacero eterno, una mañana en la que el sol se negaba a salir por los corrales, y en esa mañana, sábado de San Benito, una mayordomía se echa al camino entre riberas crecidas y barrancos desbordados, a veces, muy pocas, el sol aparece tímido y rápidamente se esconde, como avergonzado ante aquella extraordinaria y hermosa demostración de….., disculpadme pero no atino con la palabra adecuada.


Y allá delante, un hombre con dos bandas sobre sus hombros, nos va abriendo a la comitiva el camino que lleva hasta la ermita, hasta la lejana ermita donde San Benito nos espera, seguro de que llegaremos, porque Él sabe de las personas que están preparadas para superar estos trances, porque Él sabe a quién le dio las bandas el año pasado.


Al subir al real, ya con la última luz del día, arrecia la tormenta, mientras damos las tres vueltas, los cabresteros, agotados, tienen que tirar de los mulos que le vuelven la grupa al agua.


De los soportales, Juan, incapaz ya de resistir la presión del momento, sale y bajo el diluvio, a pecho descubierto, comienza a gritar vivas a San Benito, a la Fe sambenitera y a la Mayordomía.


De entre los aplausos y los gritos que salen de los soportales pude oír el comentario incrédulo de unos amigos de La Puebla que decían: ¡Pero esta gente están locos!….


Locura sí, quizás sea locura la palabra que antes no atinaba a encontrar, locura de Fe, de Responsabilidad, locura de Amor por nuestras tradiciones, de Dignidad, de Respeto por cuanto heredamos, locura por “saber estar” sin importar las circunstancias y por cumplir con la promesa dada un día de rodillas ante el altar, ante San Benito.


Aquel mayordomo ejemplar fue, durante ocho años el prioste de la hermandad, el año pasado cabrestero y además nos regaló a todos un magnifico pregón.


Pedro, hoy solo puedo darte las gracias por cuanto has sido y por cuanto eres, por tu amistad y por tu ejemplo, por tus amables palabras y por tus silencios.


Que San Benito te bendiga, a ti y a tu familia y que os acoja siempre bajo su amparo amoroso.
Muchas gracias Amigo.

- Excelentísimas Autoridades.


- Sr. Director espiritual de la Hermandad de San Benito Abad y Párroco de Santa María de Gracia.


- Sr. Presidente y Junta de Gobierno de la Hermandad de San Benito Abad.


- Dignas representaciones de las hermandades que nos honran hoy con su presencia.


- Paisanos de El Cerro de Andévalo y Los Montes de San Benito.


- Mayordomo, Mayordoma, Mayordomía entera.


- Amigos.


- San Benito.


Antes de comenzar el pregón de la romería que me ha correspondido en suerte realizar, permítanme que me presente:


Sé que soy de sobras conocido en El Cerro y en Los Montes, pero para quien no haya tenido la oportunidad, les diré que soy Felipe, entre nosotros, los del pueblo, Felipe el de las Barbas, y que llevo a gala el ser nieto de Mayordomos, nieto, hijo y sobrino de lanzaores y de jamugueras, padre de sambeniteras, tío de jamugueras y lanzaores y mi mujer es, sin duda alguna, la sambenitera más grande que pudierais encontrar y además, soy hermano de San Benito desde los primeros días de vida.


El próximo Domingo de romería se cumplirán 56 años desde que me bautizaron en la pequeña pila de piedra que está en la ermita, el agua del Jordán que limpió aquel día mi alma del pecado original y me hizo a la vez cristiano y sambenitero, la subió un cabestrero desde el pozo que está en vera y como concha que sirviera para la ablución utilizaron la jabonera del ermitaño, mi tío Felipe.


¡Vamos, un principio de antología que ya hacía presagiar lo que el niño sería de mayor!


Como ya podrán ustedes suponer los personajes y las circunstancias en aquella época tan lejana y especial hicieron que aquel bautizo fuese un hecho digno de contar, pero esa es otra historia para otro momento más apropiado.


Mas, si puedo asegurarles una cosa, desde aquella mañana hasta hoy, no creo haber desaprovechado una sola oportunidad de agradecer y procurar estar a la altura de cuantos me antecedieron y cuantos me acompañan en mis quehaceres con San Benito.
Pero además siempre he intentado crecer, ir a más, ser mejor sambenitero y es que yo soy de quienes piensan que sambenitero se nace pero por encima de todo se hace.

Y en ese crecer, en ese ir escribiendo poco a poco las páginas de mi historia, me encuentro hoy aquí, ante ustedes, asumiendo un reto que siempre supuse que algún día tendría que afrontar y al que temí y temo, porque, junto a mis pocos alcances literarios, no sé si serán los años o es que cada uno es como es, pero el caso es que yo, además, me emociono mucho con todas las cosas de San Benito y se me va con mucha facilidad “el agua a la boquilla”, como diría mi Padre y esto puede terminar de aquella manera, pero en fin “vayamos pa` lante”.


Porque desde aquella tarde del miércoles del dulce, en la plaza del Cristo, mientras miraba embelesado, como siempre, el baile de la Folia y Marina, mi mujer, me dijo: “Felipe, los Mayordomos te están llamando”, mi memoria, lamentable por cierto, comenzó a llenar de recuerdos los días, y a veces las noches, para intentar poner en pie el inesperado encargo que Domingo y Sampedro me hacían de sopetón: “¿Quieres hacer el pregón de nuestra romería?, bueno, quieres no, que lo vas a hacer y ya está”.


Después de un momento sin acción, sin saber que responder, la primera intención fue decirles que no, que yo no sabría, que no sería capaz, que me pidieran otra cosa, pero…


¿Cómo decir que no al Mayordomo?, al amigo de la infancia con las bandas de San Benito cruzadas sobre sus hombros y tan próximas a ti que casi puedes sentir su fuerza, su energía.


¿Cómo decir que no a la Mayordoma?, a quien, expectante, espera mi respuesta con una sonrisa que transmite seguridad, como si ya de antemano supiera mi contestación.


¿Cómo decir que no?, o mejor, ¿Cómo no decir que sí, a poder participar de lleno en el trajín de una mayordomía?
¿Cómo no decir que sí, a la oportunidad de ser una pincelada más en el cuadro vivo que es nuestra fiesta?
¿Cómo no decir que sí, en fin, a lo que sentí como una ilusión compartida por tanta gente?, porque es que, la Plaza del Cristo se me llenó de pronto, como ahora aquí, de tantísima gente.


Y en esas estamos, ¡quién lo diría!, aquí me veo ante ustedes, pregonero de nuestra romería, cumpliendo como buenamente se pueda, solo les pido a ustedes, que sean benevolentes con mis limitaciones y a San Benito, que me ilumine, que me de fuerzas y atino en cuanto diga, todo sea en su honor, en agradecimiento a los mayordomos y para ensalzar la función.


Disculpen mi atrevimiento
Perdónenme la osadía
De caer en el intento
De describir con poesía
Las cosas que llevo dentro,
Tranquilos que ni lo intento
Nunca pensé que podría
Hablar de mis sentimientos,
De fandangos, de folias,
De caminos, de momentos,
De nostalgias, de alegrías,
Y de verdad que lo siento
Pues tiene gracia la cosa,
Intentar hacer poesía
Sin saber apenas prosa.
Pero, no rompamos el encanto
De esta noche tan hermosa,
¿Y si empezamos cantando?
¿Y si cojo la guitarra
Y les toco por fandangos?
Pues vamos a hacerlo bonito,
Aclaremos la garganta,
¡Que estamos en San Benito!,
A ver quién es el que canta,
A ver quién se echa pa´ lante,
A ver quién nos llega al alma
Con un fandango que arranque
Un ¡olé! De las gargantas,
Que la gente se levante
Y que les toquen las palmas
Al que el fandango les cante
Y al que toca la sonanta.
Señores yo soy de El Cerro
San Benito es mi patrón
Y tengo en la sierra un campo
Con un jaral que está en flor pa´
Darle flores al Santo
¡San Benito!
Que santo tan grande eres
Patrón mío San Benito
Cuantas cosas te he pedio
Y tu siempre me has escuchao
Siempre me lo has concedio


No descubro nada nuevo si digo que la provincia de Huelva tiene en El Andévalo y La Sierra un verdadero tesoro, aun casi por descubrir, lleno de tradiciones, de cantes y bailes, de trajes y joyas, de gastronomía y costumbres muy alejadas de lo que se espera de una romería típica andaluza, concepto este fuertemente influenciado por la grandiosa y omnipresente romería del Rocío y todo cuanto la rodea y que, a fuerza de imitarla, nos llena a todos de una uniformidad que, a veces, hace difícil distinguir una romería de otra de no ser, por las bellas piezas del tesoro que, afortunadamente, tenemos por estos pagos y a las que estamos obligados a conservar, a proteger, porque son señas de identidad que nos hacen salir de la monotonía, de la atonía, para ser distintos, peculiares y admirados por cuantos se acercan a conocernos y a acompañarnos en estos días felices de la alegre y luminosa primavera andevaleña.


Y en El Cerro y su romería de San Benito Abad podemos encontrar, sin duda alguna, varias de sus piezas más valiosas y esta noche me gustaría mostrarles algunas tal y como yo las siento, pero para ello debo escoger, porque el catálogo es ciertamente amplio.


Veamos por donde empiezo, por los bailes, por La Folia por ejemplo, pero antes debo advertiros de que yo no soy un estudioso, ni un erudito, ni investigador de esta materia, pero que la he bailado, la he sentido, la he disfrutado y os animo, a que os fijéis en los múltiples detalles que tiene este baile, en la postura de los dedos, en el movimiento de los brazos, en el leve giro de la cintura de ella en los encuentros, en el tenue vaivén del guardabajos, en los pasos delicados de la mujer y en los saltos elegantes del hombre en los desaires.


¡Ah! y si algún día vierais a una pareja bailar la folia solos, sin que el lanzaor y la jamuguera bailen sujetos a los movimientos sincronizados con los demás, cuando él libremente gira a su antojo ante ella, cuando el ¡Haa! deja de ser un aviso para ser confirmación, entonces seguro que entenderíais mejor mis palabras.


Probemos a cerrar los ojos y sobre un tul de ilusiones, bordemos con hilos de fantasía y entre puntada y puntada, soñemos una pequeña historia:
El golpe, seco y cariñoso, del Prioste en la espalda le apretó aún más el nudo que sentía en la garganta, ¡tú das la voz!


Tres lanzaores a la derecha y tres a la izquierda y enfrente Ella, tres jamugueras a la derecha y tres a la izquierda.


Bajo la hermosa luz de la tarde que doraba la plaza de Los Montes, los brazos, caídos a lo largo del cuerpo, inertes, y sin poder apartar la mirada el uno del otro, se sentían envueltos en la más absoluta intimidad.


No necesitaron buscarse con la mirada, como otras veces, sonriendo, para ser pareja en aquella folia, la última.


Mientras esperaban el comienzo del tamborilero, por su memoria pasaron sensaciones y momentos vividos en aquellos meses que marcarían sus vidas.
El pitido de la gaita les recorrió la espalda como un calambre. Ella bajó la mirada, levantó los brazos y giró suavemente para comenzar la vuelta grande, Él dio el primer salto a la derecha mientras levantaba el brazo sin apartar la mirada de la jamuguera, “tres pasos y nos miramos”, pero ella seguía con la vista en el suelo, “por una mirada un mundo”, el primer encuentro y bajo el sombrero verde, aparecieron sus ojos. El ¡Haa! que salió de su boca para avisar del desaire sonó a sorpresa.


Empieza el ocho, paso atrás y Ella se cruza, “sin cogerle la espalda”, un nuevo paso atrás y otro cruce de Ella que se gira, seria, los ojos fijos el uno en el otro, “por una sonrisa un cielo”, el segundo encuentro y enmarcada entre las puntas de la toca… amaneció. El nuevo desaire llegó tras un ¡Haa! deslumbrante y sonoro.


Salto adelante, la vuelta chica, casi se mezclan los alientos junto a las miradas y la sonrisa, Ella giró a su alrededor envolviendo al lanzaor que saltó al centro para empezar la última vuelta grande, cuando la jamuguera inició el giro para terminar la folia, Él, dio un paso hacia atrás “para verla”, “ por un beso… yo no sé qué te diera por un beso”, el último encuentro, las manos de Él en la cintura de la jamuguera, las de Ella suspendidas en el aire, con un leve giro rozó con sus labios la mejilla salada del lanzaor mientras Él, le susurraba dos palabras dulces al oído.


Dicen que es de origen vasco, castellano o leonés, hay danzas similares en Portugal, en toda la Ruta de la Plata y en El Andévalo y hasta me mandaron una que se baila en Los Alpes franceses que es casi exactamente igual a la de alguna romería vecina.


¿Dónde nace nuestra lanza?, ¿es pastoril o es guerrera?, escojan ustedes pues, sin duda, tienen dónde hacerlo.


Yo prefiero quedarme con la que, después de cientos de años, vuelve a renacer cada miércoles del dulce en un montón de chiquillos que, casi aprendiendo a andar algunos y vestidos de lanzaor, todos con la banda roja, menos uno que la lleva verde, y que mañana seguramente será el rabeón, se lanzan a saltar muy serios, muy puestos, muy lanzaores.


O con la que hacen cuando acompañan a los tamborileros por las tardes, después de la merienda, entre juegos e ilusión antes de irse a dormir y a soñar con un caballo y un amigo, con una banda y un ramo y un camino a San Benito.


Yo que he lanzado en la romería y también viví la experiencia irrepetible de lanzar en el claustro románico de Santo Domingo de Silos precediendo a la procesión solemne de la reliquia de nuestro patrón San Benito Abad y al claustro de los monjes benedictinos, también, durante dieciocho años, estuve enseñando a bailar a las mayordomías junto a mi amigo y maestro Juan Ignacio, y recuerdo que él les decía: “Para el Santo, ustedes bailar siempre pal´ Santo”, pues resulta que un día, pasada ya la romería, le pregunté a un lanzaor: ¿Y tú?, ¿tú para quien bailaste?, la respuesta, tengo que confesar que inesperada para mí en aquel joven, no la olvidaré nunca:


“En la misa para Dios, en la procesión para el Santo, en el real para la gente y en el rosario, detrás de la ermita, junto al olivo, en lo oscuro, para mí y para quien ha ido conmigo”.


¡¡Con esa sí!, ¡con esa lanza me quedo yo!!


El tercer baile que compone el trio de danzas que aquí llamamos El Poleo es el del fandango. Este se incorporó a las fiestas de nuestra romería a mediados del siglo pasado y sus primeros pasos fueron en el convento de las Hermanas de La Cruz, en el patio y algunas de las primeras niñas que entonces lo bailaron junto a una sobrina de la Hermana Concepción de María, en aquellos lejanos días, afortunadamente hoy nos acompañan, y entre ellas está Petra Pavón, mi madre.


El discurrir del tiempo lo ha ido puliendo y adaptando hasta encajar con nuestra fiesta de manera que, su vistosidad y su plasticidad lo hacen ya parte imprescindible de la ella, pero, con vuestro permiso, quiero comentar la tendencia que tiene este baile, de manera natural, a un claro acercamiento hacia los aires de las sevillanas y considero más propio de la peculiaridad de nuestros bailes que favoreciésemos su evolución hacia los clásicos, como los serranos de Almonaster o de Encinasola, más sobrios, más serenos, más “castellanos” en definitiva y más próximos a las formas de la folia y de la lanza, aunque he de reconocer que en el final del baile, la chispa, la alegría y el dejarse llevar por el jaleo acompasado de la gente es imposible de evitar.


Y fandango por fandango
Primero fue José Carlos
Un joven sambenitero.
De casta le viene al galgo,
De su padre y de su abuelo,
Él es un ejemplo vivo
De que siempre hay savia nueva
Pa` recoger el testigo
Después de los bailes, cante
Y una copa de aguardiente
Yo voy a coger la guitarra
A ver quién es el siguiente,
¿Qué sorpresa nos aguarda?
¡Venga un fandango valiente!
Después que suenen las palmas
Que aquí lo que sobra es gente
Con arte, buen gusto y alma
Y si no hubiera bastante
Siempre hay quien nos acompaña,
Quien se alegra con nosotros,
Quien te da un golpe en la espalda,
Quien da un abrazo sincero
Y al que abrimos nuestra casa.
Y es una noche de ensueño
Una noche pa` enmarcarla
Y pa` rimar con ensueño
Ya he encontrado la palabra
Palabra que tiene dueño
Y que canta ¡como canta!
Vamos allá ¡Marismeño!
El Andévalo se esconde
Bronco, bravío y vetusto
Una romería sin par
En tierra de tanto gusto
La de San Benito Abad.
Cuando el sol ya se ponía
Allá por el horizonte
Llegó la mayordomía
Que nos traía de Los Montes
Flores, cante y alegría.


Al intentar escribir sobre los trajes, sobre las telas, los bordados, sobre el sombrero, las joyas y los requilorios de la jamuguera me he dado cuenta de que, mis palabras carecerán de la expresividad, de la suficiente sensibilidad para mostrar cuanto quiero decir, incluso he llegado a pensar que la mejor manera de llevar a buen fin esta tarea sería que una jamuguera, cualquiera de ellas, pasease su galanura por el pasillo central convertido en una improvisada pasarela y que este pregonero guardara silencio, para que fuese solo el sentido de la vista el que disfrutara de ese momento mágico, pero ¿y los demás sentidos?, pero ¿y lo demás?, “lo otro”.


Al final tendré que pedir ayuda y recurriré en esta ocasión a una jamuguera, para que nos vaya enseñando poco a poco las piezas que conforman su ajuar.


Y así, en su casa, iremos compartiendo su gozo. Mira:


El monillo, y al mostrármelo veo como apenas roza con el envés de su mano el suave terciopelo, en una leve caricia;
El guardabajos, “que bonito es ¿verdad?, pues menos mal que vino mi prima conmigo porque si no, no encuentro la tela”;
La falda del dulce, “y tengo también ésta otra, mi hermana quiere que lleve ésta en El Cerro y ésta para Los Montes”;
La camisa, “que es muy antigua y no ha salido nunca, pero la mujer me ha dicho que no quiere que diga de quien es, cuando me llamó a su casa y me la enseñó yo me quedé…”;
La moa, “me la ha dejado… una amiga, que dice que como ella no va a ir pues que la lleve yo”;
El corpiño, “me lo ha hecho mi tía con una tela de mi abuela, ya sabes ¿no?”, y noto un ligero temblor en sus labios;
La toca, una pausa, silencio y sus dedos acarician el hilo de oro que sigue el camino del precioso dibujo bordado en el tul, y
Las puntas, “no te lo pierdas como han quedado en la toca” y a mis espaldas escucho un suspiro;
Las medias de cuchillo, “que son un regalo”; ¡Ah! Y mira, mira:


Las enaguas, “el perfilado, la vainica, las jaretas, las puntas… ¡Cuántas cosas que no se ven!” Y luego
El cojín, ¿sabes quién me lo ha hecho?, ¿no? Y
El cordón del corpiño, y me imagino la lenta vuelta del mundo con el ir y venir de los palillos de un lado al otro, entre el silencio pausado del último sol de la tarde y la algarabía intermitente de los gorriones que vuelven al limonero.
La joven jamuguera prosigue su relato de ensueño:


Anoche, cuando vine de casa del Mayordomo estaba cansada pero, sin poder evitarlo, una vez más volví a abrir el joyero, y una a una fui sacando las esmeraldas, la cruz de chorro, los rosarios, los siete agnus, el galápago, los pulseros, los zarcillos, las cadenas, el manojo y todo puesto sobre la mesita con el paño rojo, me parecen un tesoro. Son mi tesoro de jamuguera.


No sé si sería por la hora tan a deshora, por el sueño que no me dormía, por el cansancio que no me dejaba descansar o por la intensidad de estos días, pero creo que anoche brillaba como nunca.


Las imágenes de los agnus parecían mirarme llenas de ansia, de felicidad, claro que seguramente sería el reflejo de mi propia cara en los pequeños cristales, pero es que….
Este año irán a San Benito, antes darán un paseo por El Cerro, y después harán el camino, y con el compás del paso del mulo y el toque del tamboril, el leve choque de unos con otros semejarán cuchicheos y risas imposibles, y verán al Santo y bailarán, brillando bajo el sol, en el Real y todo el mundo los mirará y querrá tocarlos.


Algunos tienen como una leve pátina, como un toque de dignidad conseguida con el paso de los años, y otros, historias que contar, como la del que se perdió y estuvo casi un año entero en el camino, solo, hasta que alguien pasó de promesa y se lo encontró colgando de una rama de jara, de eso hace ya mucho tiempo y hasta este año no vuelve a salir, ¿tendrá miedo?


Y el mío, el que me echaron los reyes, el de San Benito y Sor Ángela, él es el más reluciente y el que parece más ilusionado y más temeroso, como yo.
¡Cuánto tiempo esperando este momento!


Después, no sé por qué, también abrí el otro estuche, en él están guardados dos agnus, uno porque tiene el cristal roto y el otro, porque está ya muy malo, y una esmeralda y un rosario, el pobre, sin un misterio.


El halo de tristeza que salió de la cajita me conmovió y por un momento pensé que las cosas deben tener alma, que tontería, si acaso tendrán parte del alma de quien las hace.


Y así, cuando esta futura jamuguera esté vestida para ir a San Benito, no serán solo telas hermosas, deliciosos bordados y joyas de ensueño las que luzca, sino que también irá revestida de sentimientos, de un monillo y una caricia, de un guardabajos y una compañía, una toca y un suspiro, una moa y una ausencia, una camisa y un secreto, una falda y un deseo, un corpiño y mucho amor, un cojín y muchísimo cariño y el sentimiento de sentirse adornada de joyas que llevan encerradas en sí partes del alma de un pueblo, para llevarlas a San Benito, sí, solo a San Benito, donde todo el ritual adquiere sentido y tiene razón de ser y donde por fin se graduará y obtendrá el título de Jamuguera y después, para celebrarlo, compartirá con todo el mundo su alegría y la magia de su encanto y de sus bailes.


Pero bueno entiendo que todos estamos ya impacientes por ver de nuevo a la mayordomía lucir sus galas, tranquilos que:


No hay porque preocuparse
Que es jueves del lucimiento
Y anochecerá más tarde
Que si hay un sol que se esconde
Hay siete soles que salen,
Y una luna y un lucero
Y siete estrellas fugaces
Que bailarán sobre un cielo
De bordados y de encajes
De sedas y terciopelos
De esmeraldas y corales
De oro, cristal y plata
De blancas plumas al aire
Y un manojo de sonrisas
Para iluminar la tarde,
¡Qué importa que el sol se esconda
Si la mayordomía sale!.
Que no habrá esta primavera
Una flor que las iguale
Porque van de jamuguera
Y porque quien vale, vale
Y cuando, con sus compañeras,
Se están luciendo en la calle
Preguntando ¿Cómo voy?
¿Crees que falta algún detalle?
Y la gente esté en la puerta
Esperándolas que pasen
¡Qué más da que el sol se esconda
Si la mayordomía sale!
Y pa´ seguir disfrutando
En esta ocasión quisiera
Que nos cantara un fandango
Alguien que fue jamuguera
Decir fue es tiempo pasado
Y yo prefiero el presente
Porque, quien fue jamuguera
Es jamuguera pa´ siempre
Quien hizo un día el camino
Lleva´ por un cabrestero
Y cambió pa´ cobijarse
Mantellina por sombrero
Por mucho que el tiempo pase
Y renazcan primaveras
Eso, no lo quita nadie
¡Siempre será jamuguera!
Y como tú tienes arte
Y una voz de terciopelo
Como dicen en Valverde
Aunque durmiera en el suelo
Yo la guitarra, Tu el cante
Y de San Benito al cielo.
Caballo si no galopas
Con más fuerza y con más brío
Tendré que coger la yegua
Para ir a San Benito
Que nos quedan cuatro leguas
Si bonito está el barranco
Con la flor de la adelfera
Más bonita esta mi niña
Vestida de jamuguera


Igual que el olmo seco de Machado, nuestro corazón espera, también hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera, el brote de una nueva rama verde en el viejo y recio tronco de la hermandad de San Benito que nos dé un año más sombra, cobijo y fruto.


Y así, desde hace siglos, la renovación constante mantiene viva la tradición, cada año más vieja y a la vez más nueva, pues el tiempo, sabio e inexorable, se encargará de podar, de dejar en el camino lo superfluo, lo que ya no tiene sentido mantener y que una vez cumplida su misión, quedará atrás, en el recuerdo, cuando no en el olvido.


Han debido ser tantos los cambios sufridos a lo largo de la historia que se hace difícil imaginar tiempos pasados, a pesar de los esfuerzos, nunca bien pagados, de quienes se empeñan en rescatar del olvido cuanto quedó en él.


No creo necesario viajar mucho hacia atrás en el tiempo para encontrar hechos que avalan cuanto digo, fijémonos por ejemplo en la Vigilia.


Esta festividad creo que ha sido la que ha sufrido los cambios más radicales y todos ellos en un corto espacio de tiempo. Para ilustrar un poco la comparativa de dos épocas les contaré vivencias de mi primera vigilia, mi primer camino a caballo hasta San Benito.


Fue una mañana de un 21 de Marzo, no sé si martes o jueves, eso era lo de menos, después de una noche lluviosa me despertó el paso casa abajo de dos caballerías y mi abuela que me llamaba para desayunar. Me sorprendió ver a mi Padre con una mula y un potro en la puerta de la calle, no había caído en la cuenta de que era la Vigilia hasta que sonó un cohete, solo uno, que sirvió para convocar a quince o veinte jinetes en casa del prioste, a su voz y tras un padrenuestro, con el mayordomo al camino, mi padre dijo que de mula nada yo el potro, la montura enrolla´ y los estribos de bronce, las piernas temblando y una chaqueta de agua de la mina enorme, que nos tapaban a mí y a medio potrillo, entre aguacero y aguacero un cigarro, conversación y yo mirando y queriéndome empapar, no de agua precisamente. Que si el perdigón, que si la sementera, que si la otoñá, que si la primavera, casi sin hacer paradas en el camino nadie bebió, comió ni cantó.


Ya en la ermita, apenas podía andar, no sentía las piernas, como el de la película, y sin quitar los arreos a las bestias, tan solo aflojarles la cincha, a ver al Santo, algunos a confesar y después misa, comunión y el dao, antes del potaje, ya si, las copillas, aguardiente y poco más que, con el estómago vacío, no tardaron en hacer efecto y sin apenas tiempo para más, a despedirse de San Benito, “hasta que Tú quieras”, y vuelta para el pueblo, el camino fue otro, cantes, copas, carrerillas a los caballos y en la Cruz del Llano el mayordomo me dio las gracias por acompañarlo y me regalo un puro “pero si yo no fumo”, “pa´ cuando seas grande”, porque entonces las cosas no caducaban.


Al día siguiente mi padre le llevó el potrillo, con la montura como pago, a su dueño, tuve intención de levantarme para decirle adiós, pero las piernas no me dejaron, pase dos noches boca abajo y el día siguiente de pie, sin poderme sentar, pero aun hoy tengo la sensación de que aquello fue una especie de rito iniciático, de pasar de una realidad a otra, de conocer algo nuevo que me marcaría para siempre.


Esta era en términos generales la celebración de la Vigilia entonces, no hace más de cuarenta años, poco comparable con la actual, distinta pero, eso sí, manteniendo siempre la esencia de los actos religiosos, de convivencia en hermandad y de protocolo hacia el Mayordomo, pero además, enriquecidos y adaptados con naturalidad a los tiempos de hoy.


Porque, aunque, sin poderlo remediar, añoremos cosas de tiempos pasados, aunque hoy algunos echemos de menos la sombra cómplice del eucalipto en la mañana del lunes, el aire que entonces mecía sus ramas sigue siendo el mismo aire.


De estos y otros muchos cambios hemos sido testigos, protagonistas y a veces promotores cuantos pasamos por la Junta de Gobierno, incomprendida y castigada a veces hasta extremos tan delirantes e insufribles como para no querer pertenecer a ella y renunciar así al derecho y al deber que como hermanos tenemos todos.


Algunos años en estos quehaceres los compartí con quien hoy lleva las bandas, con Domingo, el Mayordomo, a la hora de hablar de El tengo que hablar de una vieja y larga amistad, es volver atrás en el tiempo y rememorar la añorada y feliz infancia del pan con aceite y azúcar y onza de chocolate compartida, es el tierno recuerdo de una carrefilera de chiquillos con las rodillas farrondás de gatinar por los troncones, para engarabitarse a los olivos y recolingandonos de sus ramas llegar a los nidos, es recordar correrías por El Monturio y partidos en El Llano, aventuras en La Cerca Alta y amigo en Las Mingorreras, el olor a madera vieja, a viruta y a serrín, el dolor de una puerta con cristal roto, y a la sonrisa inolvidable de Dolor y la curiosidad del teléfono: “Cerro digameé.. le pongo”, y los Reader´s Digest del abuelo, a los primeros acordes de guitarra y tiempo más tarde, largas conversaciones, mostrador por medio, hasta las tantas.


Y también es decir tiempos de San Benito, codo con codo descubriendo nuevas formas de vivir en común nuestra fe en el Santo y el amor por nuestras tradiciones y nuestro pueblo.


¿Quién nos iba a decir entonces que el más pequeño, el que siempre era el último con el caballo de cañas, sería un día el primero de todos, el que, esta vez sí, haría realidad el sueño y con el caballo más hermoso nos llevaría hasta San Benito.


¡Ah San Benito!, tengo que decir algo de ti, si no ¿qué sentido tendría mi pregón?, pero ¿Qué decir?, podría poner la excusa de que ya han hablado sobre ti los anteriores pregoneros y han dicho cosas preciosas que yo ni podría imaginar, y también lo han hecho el Abad y los monjes, Obispos y sacerdotes, hasta el Papa y nuestro Santi, incluso el Mayordomo cada viernes, en el grupo de la mayordomía, me lo pone difícil y aunque, como me dijo aquel mayordomo: “Yo a San Benito ya no le pido nada, solo le doy gracias”, el caso es que tengo que decir algo y hoy necesito que me ayudes a expresar, a decir con palabras lo que sentía cuando cruzaba sobre tus hombros las bandas y cuando las recogía para dárselas a un nuevo mayordomo, o cuando después de cerrar la ermita dormía solo, sobre un banco, a tus pies, mientras en los soportales se oían risas, cantes y zaragatas, o cuando la rama del olivo rozaba tu cara, o cuando cantaba el Santo Dios sin poder dejar de mirarte, o aquella vez cuando llegué con la mayordomía y…, o aquella otra cuando el tamborilero..., o aquella vez que pusiste la mano cuando el caballo…, o cuando me pasé y me miraste y…


San Benito, es que Tú siempre has estado conmigo y quizás sea esto lo más bonito que pueda decirle a quien me escuche:
Que siempre te siento conmigo, Tú ya sabes.


Y por esto y por tantas cosas más que hoy no atino a expresar, pero que sé que pueden llenar muchos huecos en nuestra vida, quiero proclamar hoy este pregón, un pregón en el que invito a la gente, sobre todo a los jóvenes, a abrirse a la ilusión, a la magia, a la sorpresa de conocer, de vivir nuestra romería, tan llena de matices, de momentos, de vivencias insospechadas que os dejarán con la boca abierta.


No dejaros llevar por lo superficial, por cuanto hace que nos difuminemos y seamos invisibles entre la multitud, atrévete a ser diferente !venga!, ¡vámonos a San Benito! ponle un pechopetral a tu caballo, ponte un lazo antiguo en el pelo, en la cabeza una mascota y en los ojos las gafas de ver más allá, las de ver más adentro, donde está lo que es tuyo, lo que es único y auténtico, donde está lo que es nuestro.


Bien, señoras y señores
Aquí termina lo escrito
Ya cumplí con el encargo
Del Mayordomo en El Cristo
¿Les ha gustado?, eso espero
Le he puesto mucho cariño
Y si de ustedes lo apruebo
Me voy más contento que un niño
Con unos zapatos nuevos
Ya solamente una cosa,
Una cosa y nada más:
Cuando estéis en San Benito
Y no acabéis más que llegar
Echadle un pienso al caballo
Y venidlo a visitar
Porque Él nos está esperando
Y no se cansa de esperar
Unos estaremos rezando,
Otros, no podrán ni hablar
Alguien entrará pensando
Y otros, tan solo estarán,
Porque en las cosas del alma
Cada cual, es cada cual
Pero Él nos sigue esperando
Y nunca deja de esperar,
Que ya habrá tiempo pa` copas
Para cantar y bailar
Para estar con los amigos
Pa` lucirse en el real
Para montar a caballo,
Recortar y galopar
Que Él nos está esperando
No le hagamos esperar.
Y ya con esto me despido
Mas tengan por cosa cierta:
Que pa` mi pueblo, pa` mi gente
Mi casa siempre está abierta,
Que aquí tienen a un amigo
Pa´ cuanto se les ofrezca
Tan solo una cosa les pido:
Y es que si en algo me aprecian
Por favor gritéis conmigo:
¡VIVA EL CERRO QUE ES MI TIERRA!
¡Y QUE VIVA SAN BENITO!
Muchas gracias.


Antes de decir adiós creo que es de justicia dar las gracias a cuantos de una u otra manera me habéis ayudado en la tarea que ahora termino.
A los que estáis aquí mi abrazo más sincero y cariñoso.


A los que ya no están con nosotros, pero nos dejaron su amor y su ejemplo, mi recuerdo y mi oración.


Pero quiero traer aquí la memoria y rendir homenaje a dos personas que me mostraron los senderos que han hecho posible cuanto acabo de escribir:
Primero a quien me enseñó el camino para llegar a San Benito y a quedarme allí para siempre, a mi sambenitero con mayúsculas, a Santiago “el de las barbas”, mi Padre.


Y también a quien abrió ante mí otro camino, el que me llevó, junto a otros muchos, al mundo maravilloso y mágico de los libros y al amor por la lectura en las ya lejanas tardes de biblioteca, al maestro sabio y sencillo, a Pepe Pino.


A todos muchas gracias y que San Benito os bendiga.


En San Benito nos vemos, y si no hasta el lunes y que…


¡VIVA SAN BENITO!


El Cerro de Andévalo Romería de 2015

 

 

 

 

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